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Sam y Jenny la Mole en Heraldo Escolar

Sam y Jenny la Mole

Sam y Jenny la Mole

 

En la historia de hoy, Samanta, nuestra protagonista, es capaz de ponerse en peligro por salvar a su peor enemiga, Jenny la Mole. Pero Sam sabe que ha hecho lo correcto, lo que tenía que hacer

Tiró la bici al río. Estaba harta de que se rieran de ella y de su ridícula bicicleta rosa. Suficiente tenía ya con aguantar a Jenny la Mole y sus constantes vejaciones, insultos e incluso, a veces, puñetazos. La verdad es que si no fuera por eso, la vida de Samanta sería ideal: unas notas altísimas, unos compañeros geniales, unas amigas que odiaban a Justin Biever y a los cantantes de moda que los medios nos venden como lo que debemos escuchar. Una especie de estilo de vida para locos que te dicen todo lo que es bueno y malo porque es lo ‘popular’; porque hay que estudiar mucho para luego no optar a un buen futuro; porque nos preparan para no pensar... O, al menos, eso le repetía siempre Lucía, la jipi del grupo. Sin embargo Leti no opinaba igual, ella quería ser modelo, una estrella de instagram e intentar casarse con un futbolista o un youtuber famoso. Era la más simplona de todas, ¡pero contaba los mejores chistes! Todas estas cosas pasaban por la cabeza de Sam, como le llamaban en casa. Estaba tan enfadada con el mundo que se sentía a punto de explotar. El manillar rosa desapareció en el río. Se sentó en la hierba de la ribera. Jugó con sus dedos, acariciando las briznas verdes; poco a poco se iba relajando.

–¿Ahora cómo voy a volver a casa? Sam eres una idiota.

Arrancó unas cuantas hierbas y eligió una larga, tensándola entre sus dedos; se la acercó a los labios y sopló. La vibración del aire de su boca contraída pasó rápidamente por la brizna. Un silbido empezó a crecer. Sam lo mantuvo un rato hasta que se sintió mareada. Paró. Un pájaro empezó a silbar. Se sentía algo mejor. Se miró la mano y vio como tenía sangre seca en los nudillos tras su pelea con Jenny la Mole.

–Esa gorda abusona siempre está metiéndose con todos porque es enorme como un mamut.

Gritos de auxilio la sacaron de su ensimismamiento, ahora era una opereta de ladridos. Se acercó corriendo a ver qué pasaba.

¡No puede ser! La Mole estaba subida en un árbol bajo, se agarraba como podía y lloraba pidiendo ayuda. Se le veía medio culo. A menos de un metro y medio, en el suelo, los cuatro perros del señor Mauri, dueño del desguace de coches cercano, se relamían mientras ladraban histéricos.

–¿Qué hago? Esa ‘matona’ se lo tiene merecido. A ver si se la comen y vivimos todos más tranquilos. Pero, no está bien, ¿es eso lo que quiero? Se ha portado siempre muy mal conmigo… pero, si no le ayudo… ¡Mier… coles! ¿Por qué me tratas así, vida? –Me voy a arrepentir de esto –se dijo Sam a sí misma.

Salió corriendo hacia el árbol y cuando estaba a unos cinco metros sacó de su bolsillo la brizna de hierba y silbó con ella. Al instante, los perros se giraron y tras un segundo de indecisión saltaron a por Sam. Ella salió corriendo como si estuviera en la final de las olimpiadas. Se dirigió hacia el desguace. Los perros le pisaban los talones ladrando. Notaba sus pisadas muy cerca.

–Señor Mauri! ¡Señor Mauri! –gritaba Sam, mientras corría. Le dolían las piernas y le ardían los pulmones. Uno de los perros le mordisqueó el talón, pero fue un leve roce y siguió corriendo con todas sus fuerzas. Los perros se le iban a echar encima ya. Un silbido potente como un trueno los paralizó; Sam vio al dueño del desguace acercándose a la carrera. Todo pasó muy rápido. El hombre, le pidió disculpas, la llevo a casa en su camioneta y hasta le regaló un bono para sus padres, por estos si tenían que conseguir alguna pieza para el coche. Desde ese día, los perros estuvieron siempre atados. En el colegio, la Mole nunca volvió a meterse con ella. Bueno, ni la Mole ni nadie más. Por hacer lo correcto, Sam se había ganado una excelente amiga.
 

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