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Las bayas del olvido en Heraldo Escolar

Las bayas del olvido

Las bayas del olvido

 

En un lejano reino, más allá de las últimas ciudades que aparecen en los mapas, vivía una valiente princesa llamada Aralia. Un día, se adentró en el Bosque de los Cedros. Los árboles de aquel lugar eran altos como montañas y olía por todas partes el aroma de flores, plantas y bayas; esto le encantaba a la princesa, que era una apasionada de la botánica. Se escuchaba fluir un río de limpias aguas, su sonido se acompasaba con la sinfonía de los pájaros.

Aralia no tenía miedo de investigar sola, a pesar de las historias que les contaban en palacio. Ella era muy valiente y estaba fascinada por aquel maravilloso lugar. Se acercó al río que reflejaba los rayos del sol, allí se quitó la ropa y se metió en la fresca corriente. Algunos pececillos de plata le hacían cosquillas en las piernas. Aralia reía de felicidad. ¡El bosque era increíble!

Una figura permanecía oculta entre los árboles, la princesa salió del agua sin percatarse; se volvió a vestir mientras Beliaso, su unicornio blanco, pastaba tranquilo. Con sus manos de porcelana apretó el cabello dorado, haciendo caer una lluvia de perlas sobre la verde hierba. Aralia decidió que era hora de volver a casa, caminaba junto a Beliaso despacio, sin preocupación alguna. El día iba pasando y los colores del bosque se apagaban dejando paso a la noche. Aralia cantaba con su angélica voz canciones bellísimas.

Un gruñido la sobresaltó a sus espaldas, se giró, parecía ver a una persona a un par de metros de ella. Beliaso relinchó nervioso. – Hola amigo, soy la princesa Aralia – dijo sin miedo alguno nuestra amiga – voy de vuelta a palacio ¿queréis acompañarme?-. La figura aulló y se abalanzó sobre la princesa. Aralia con una rápido movimiento lanzó por encima de sí a su atacante, acto seguido saltó sobre Beliaso azuzándolo a la carrera. El extraño les perseguía a toda velocidad, corría rápido como un lobo; nuestra amiga no podía entender que alguien pudiese correr tan deprisa. La persecución alteró a todo el bosque. Beliaso saltó elegantemente un enorme tronco caído, aunque su asaltante no tuvo tanta suerte y tropezó dándose de bruces contra un árbol cercano. Se hizo el silencio. Aralia se acercó a ver si estaba vivo, no se movía, acercó la mano y tocó el hombro del extraño, entonces aparecieron, de entre los árboles, varios miembros de la guardia real montados en alces. Se alegraron muchísimo de haber encontrado a su querida princesa a la que creían perdida. Aralia se llevó un susto de película; les contó lo acontecido y se llevaron a palacio al peligroso ser que permanecía desmayado.

Era el hijo del cocinero, Loras, que había desaparecido esa mañana cerca del bosque; cuando recobró el conocimiento confesó que había estado recolectando frutos y bayas para probar nuevos sabores que añadir a los platos que cocinaban en palacio; no recordaba nada del ataque a la princesa. Ella sabía que el muchacho era un asiduo consumidor de bayas prohibidas que producían extraños efectos en quién las tomaba. Ella le había visto consumir con algunos jóvenes en las cercanías del bosque cuando iba a investigar plantas y a bañarse en el río ¡Hacían cosas rarísimas! Le condenaron a muerte ¡Le iban a cortar la cabeza al amanecer! Aralia estaba desolada, odiaba la violencia pidió clemencia por la vida del joven. - La ley es la ley- concluyó el rey, su padre.

Aralia no se resignaba y mirando a Loras tras los barrotes, pensaba cómo podía resolver aquello. Se dio cuenta de que el muchacho tenía la desgastada ropa llena de manchas azules. Pidió permiso para entrar en la celda. Aralia preguntó a Loras si recordaba que bayas había tomado, él respondió que creía que una planta que da estados de alegría durante horas. Aralia examinó las ropas de Loras y encontró una pequeña hoja pegada en la camisa. Aralia salió corriendo a la herboristería de palacio con la camisa del muchacho. Consultó el “Gran libro de plantas y flores arcanas del Bosque de los Antiguos” y estuvo horas investigando una teoría que demostrase la inocencia de Loras en el ataque ¡Eureka! Ahí estaba la solución.

Aralia habló con su padre y le demostró que Loras había estado tanto tiempo en el bosque a causa de la Demonem ruderium, una flor azul que provocaba amnesia, potenciaba la resistencia física y lo más importante, inducía a estados insólitos de rabia y de violencia. El herborista real contrastó la información al día siguiente y dio la razón a Aralia, por lo que Loras fue perdonado de la condena a muerte, aunque le castigaron con estar 5 años limpiando las porquerizas de palacio todos los domingos ya que era culpable de consumir plantas prohibidas.

Años después, Aralia contaba este ejemplo a los jóvenes a los que enseñaba botánica, su especialidad. Les decía que tomar drogas era malísimo, y que les podía hacer perder la cabeza… literalmente.

 

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