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La isla del silencio en Heraldo Escolar

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Nuestra historia de hoy pretende ser un alegato para poner fin a la violencia de género en las sociedades del siglo XXI. Su moraleja, que la tiene, es que donde no se siembra el dolor no se cosechan los miedos.

En la isla del silencio cuentan que vivían espectros temibles. Los barcos de la Compañía de las Indias Orientales evitaban acercarse por la ruta de la isla. Cuentan las leyendas que los navíos que por ahí pasaban en las noches de niebla alta, no volvían a verse en el mundo de los vivos. -¡Tonterías!- exclamó el capitán de La Veloz, un bergantín rápido como el viento. La tripulación estaba atemorizada ya que la feroz tormenta arreciaba contra el barco. La lluvia había destrozado la gran redonda, un aparejo de velas de gran tamaño, arrastrándola hasta el fondo del océano junto con varios gavieros que estarían siendo pasto de los tiburones en ese momento. -¡No miento! ¡Todos lo sabéis! ¡Ed el Penas y toda su tripulación desaparecieron la primavera pasada al pasar por la isla! ¡En otoño fue La Perla Blanca! ¡Incluso El Orgullo de la Reina también sufrió el mismo fatal destino!- gritaba bajo el manto de agua Jimmy el Manco. Truenos. Relámpagos que dejaban ver por instantes olas gigantes. El navío subía y bajaba a ritmo vertiginoso. Pocos estómagos no se habían vaciado aún. -¡Vamos a morir!- grito uno. -¡Rezad! ¡Rezad! Nuestra hora de rendir cuentas se acercaaaah- Vaticinaba el pobre Bill, pastor protestante en mejores días, mientras una ola lo abrazaba hacía el lecho de la mar.

¡Rumbo a la isla!- Rugió el capitán harto de los elementos, los lloros, las papanatas de algunos de sus marineros... Giró el timón todo hacía estribor dirección a la isla, la presión que se ejerció sobre la cangreja fue excesiva, partiéndose y perdiéndose en las oscuras aguas.

El tiempo se detenía por momentos, para abalanzarse, en otros, hacia adelante vertiginosamente, en una espiral sin sentido alguno; el capitán miraba fijamente con su único ojo hacia la isla. Su único pensamiento era salvar La Veloz. El temporal, con olas rompiendo por doquier, obligaba al capitán a dar lo mejor de sí. Un solo fallo y adios. Gritos de auxilio desde el mar. Llantos de hombres fornidos agarrándose a lo que podían con todas sus fuerzas. Madera rompiéndose. Velas tensándose. Lluvia infinita.

El tiempo volvió a caminar a su paso normal al son del silencio que todo lo llenaba. Estaban en la Isla.

El capitán dirigió lo que quedaba de La Veloz hacia una gruta cercana. El panorama era desolador, apenas una decena de sus hombres habían sobrevivido.

¡No podéis pasar!- Estalló una voz en lo alto. El capitán miró fijamente al espectro, empezó a temblar. Enseguida se repuso, no le asustaba la muerte.

-¿Quién lo prohíbe? Estas aguas pertenecen a la Corona Británica, mas con 100 navíos enfrentados nunca rendimos bandera, qué de la voluntad de un hombre se viene a bien esperar que sea la vez primera. ¡Ni en sueños! ¡Muéstrate bribón o probarás el acero inglés en tus carnes!- Amenazó impasible sujetando el timón. La Veloz se detuvo encayada.

- Ellas. Las Hijas del Dolor son quién lo exigen, maltratadas por maridos infieles que en vida las obligaron a vivir el infierno. Despreciadas y heridas en cuerpo, alma y corazón. Los espectros que quedan de sus cuerpos vacíos vienen aquí a reunirse. Aquí esperan. Aquí en silencio.

-¡Te reconozco Ed el Penas! ¡Dime ahora, oh viejo lobo de mar ¿a qué esperan esas infortunadas mujeres?- Gritó el capitán.

Las almas de las mujeres golpeadas aquí esperan y esperaran hambrientas a generaciones de hombres, para devorarlos y hacerlos sus esclavos. ¡Su venganza será temida durante siglos! ¡Hasta el día en que no existan los hombres que pegan a las mujeres! Y ahora… ¡Morid!- Tronó el espectro mientras una alta niebla subía por todas las partes del barco, los gritos de los marineros se apagaban uno a uno. El capitán Hadock aceptó con honor su final mientras la niebla lo envolvía.

 

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