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¿Cuestión de educación?

¿Cuestión de educación?

¿Cuestión de educación?

 

El lamentable suceso que tuvo lugar hace unos meses en el instituto Medina Albaida de Zaragoza, por poner un solo ejemplo, y que por otra parte se suma a la larga lista de agresiones contra profesores en Aragón, ha marcado un punto de inflexión en la comunidad educativa formulando la pregunta: ¿qué es lo que está fallando para que la convivencia en las aulas haya llegado a un punto que requiera medidas legales como elemento disuasorio? No carece de ironía el hecho de que la respuesta se encuentre en la educación.

Pero no se trata de la educación al uso, esa que da las herramientas para sumar dos más dos o enseña cuáles son los afluentes del Tajo, es una idea más primigenia de enseñanza que, por desgracia, se ha ido desdibujando con el tiempo para dar lugar al ambiente nocivo del que estamos hablando. La crisis de valores como la responsabilidad, el esfuerzo y el respeto; la falta de motivación, la cultura del éxito fácil o dar todos los caprichos sin exigir nada a cambio, son las tempestades que recogemos tras haber sembrado vientos de manera irresponsable.

Es complicado señalar culpables, por no hablar del grado de inmadurez que ello conlleva, sería más lógico asumir la parte de culpa que nos corresponde a todos, porque no dudéis que esta situación viene dada por nuestros actos, o más bien por los que no hemos realizado.

En primer lugar hablemos de la urgente necesidad de cambiar las condiciones de acceso a la carrera docente. Estudios a los que la entrada es poco exigente y a los que muchos acuden por tener una nota de corte menor que otras muchas carreras. Flaco favor nos estamos haciendo si no convertimos la opción de ser docente en algo a lo que se accede por vocación, porque, sin duda, para ser docente no sirve cualquiera. Pasar una oposición que únicamente mide conocimientos no debería ser el pasaporte a las aulas, y más cuando enseñar requiere unas dotes y actitudes que podrían calificarse como innatas.

Mirando el problema con un cristal de otro color vemos el error en el caen muchos padres de alumnos, que por supuesto quieren lo mejor para sus hijos. La tendencia a responsabilizar a los docentes de la falta de disciplina de los más pequeños se está convirtiendo en algo cada vez más común y no debería ser así. El respeto, así como valores que se convierten en algo más importante que la exactitud a la hora de nombrar cordilleras, es algo que se enseña de puertas para adentro, dando ejemplo cada día.

Y quiero lanzar otra pregunta al aire, ¿por qué tenemos miedo de palabras como disciplina, autoridad o castigo? Existe una creencia irracional que asocia estos conceptos con algo represivo que coarta los derechos y no, no es así. Esta ley de Autoridad del Profesorado de 2012, que ha resultado ser poco eficaz, impone por ley un principio que va implícito en la educación. Disciplina es el cumplimiento de unas normas que nos atañen a todos y además, ¿no existen consecuencias por incumplimientos de normas establecidas por el bien de la sociedad? ¿De qué tenemos miedo? Desde luego la disciplina y la autoridad de la que hablamos tienen que venir desde el respeto, y no se consigue chillando más o castigando, sino con esfuerzo y dedicación.

Tenemos un objetivo que seremos incapaces de conseguir si no empezamos a construir una verdadera comunidad educativa desde los cimientos. No olvidemos que la educación es la argamasa que asienta los pilares de cualquier sociedad. Vamos a dedicarle el tiempo y la atención que se merece.

 

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